Él, le temía al enojo, más que a la muerte.
Este, le producía rechazo y un estado de desesperación.
Un tic tac, que no paraba de sonar en su mente y una carga de responsabilidad absoluta, eran las consecuencias de tomar el enojo ajeno, como algo insuperable entre los mensajes. Le dolía el pecho, le partía una ilusión. No llegaba a entender que el enojo, podría ser pasajero, podría ser un impulso del momento, podría simplemente, ser una completa mentira. Él, cegado ante esto, no se dejaba de preguntar a sí mismo, qué es lo que hizo mal.
A veces, las personas nos enojamos sin ninguna razón, herimos sin escrúpulos, e incluso llevamos la cotidiana modalidad de ir por la vida, apuntando el error ajeno.
A veces, no sabemos perdonar, no vemos el arrepentimiento, nos transformamos en la gran bola de orgullo que nos tapa una verdadera liberación mental.
A veces nos da miedo, pensar que hay del otro lado, cuando por ahí, no hay nada.
A veces, no queremos.
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