¿Pudiste recibir lo que dije?
A ver, ¿qué dije?
Todo el tiempo, decimos. Todo el tiempo, nos pasamos gastando nuestro instrumento más preciado, la voz. La voz, que a su vez, en energía, y de tanto hablar, gastás, te vas agotando, y hasta llegás a malgastarla. Buscamos ser escuchados, hasta el fin. En el mejor de los casos, buscamos encontrar, en eso que escuchamos que decimos, darnos cuenta de qué estamos diciendo, de cómo, o de por que lo dijimos... y analizarlo. Lo que pasa es que ya lo dijimos, y como toda palabra, no se borra como esto que puedo estar escribiendo; lo que decís, perdura en la mente de alguien... puede convertirse en un hermoso regalo, puede destruir. Puede ser una letra, escupida ahí, que se te atragantó, puede no tener ningún tipo de sentido. Decir, decime, digo.
A mí me gusta decirlo todo, tanto, que a la vez, puedo confundir con tanto juego de palabras, en una sola frase. Pero, no sé, cada palabra, tiene un sentimiento, un estado diferente, una acentuación. Siento que al decir, voy por una llanura, y luego voy escalando una montaña gigante, me sumerjo, o estoy en la cima, elevadísima, exasperante. También, sé que decir, es como un sello y tiene una marca registrada. "Dijiste esto y lo dijiste así, entonces...". Y bueno, así es como te metés en problemas, o te sacás un peso de encima.
Si encontrás el poder analizar en ese exceso de palabras, algo que te enseñe, a quizás, decirla mejor, no decirla, o dejarla salir, es recontra fructífero.
Un día, decidís, no decir, un día, lo decís todo... y todavía, no te diste cuenta, cual fué mejor de esas dos opciones.
No te exijas, el silencio puede ser lo mejor (... y al otro día, ya te olvidaste, y no fué tan malo).
G ~