Somos presos de nuestras emociones más fuertes. Nos esclavizan y nos llevan a retroceder casilleros en el juego de la vida. Somos nenes riendo y llorando tan fuerte como se pueda. Somos una carcajada y un intenso sollozo en la noche. Nos pesan los ojos, el cuerpo, no nos queremos ver así.
Los matices que representan el enorme abanico de los sentimientos, los tenemos arraigados y pueden ser tan cambiantes como beneficiosos, al fin de aprender siempre, otra lección.
Entonces:
Llorá, hasta que se te sequen las lágrimas en el rostro.
Reí, hasta que te duela la panza.
Corré, hasta que te duela el último músculo.
Sentí, hasta entender que sos un ser humano.
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