Una vez me obligaron a crecer. Me taparon la boca, me negaron reir, hacer payasadas y todo tipo de cosas que a cierta edad era lo más normal del mundo. Aparecieron pequeñas manchitas que se expandieron. Ajenas influencias con malas intenciones que no querían solo hacerme sentir CULPABLE DE TODO. De ahí, me martirizaba con cada hecho, cada circunstancia era propicia para verme mal, cambiarme al segundo. Empecé a perder la confianza en las personas que conocía, era un sapo de otro pozo donde quiera que esté. Me guardaba para adentro, todas esas cosas que quizás hubiese sido mejor soltarlas, y un día, dí por concluida esa etapa, esa faceta de mierda. Adiós conjunto de cargas, de paciencia al que no se lo merece, a soportar lo insoportable.
Hoy aprendí, que crecer es enfrentar, no importa lo mal que quedes, no importa si es en ridículo, si le das confianza a alguien, por el simple hecho de que te sentis a gusto. Aprendí a callar, a percibir las energías y las intenciones del otro. A oler la fallutez ... A ver la actitud por sobre todo. Pesar los momentos que me marcaron, y si restan los malos, se da la espalda. Ver que los pequeños actos, también significan mucho. Renovar eso que quedó en medio del camino, y retomarlo. Estar más segura de mí, y de que los lindos momentos, se pueden vivir donde uno menos se imagina, y con las personas que menos pensaba.